domingo, 3 de julio de 2016

Verano del 98

El invierno había sido tan duro como largo. El frío, erigido como núcleo de todo, se había apoderado de cada uno de mis sentimientos. Las asignaturas caían una detrás de otra, amontonándose en un papel que adquiría casi la misma importancia que el del dinero, y donde si había un número que resaltar era el de las faltas de asistencia. Los jardines del instituto guardaban mis huellas en moldes de hielo y alrededor de todos esos árboles muertos. A día de hoy, dieciocho años después, siguen siendo testigos presenciales pero mudos de que los transité más de la cuenta. De la misma forma, mi silla y mi pupitre guardaban el silencio de una figura invisible; de una sombra bien sentada, educada y atenta. Creo que era una triste metáfora de cómo se sentía un joven adolescente –que se creía hombre– ante la presión a la que lo sometía esta sociedad.

La primavera, como siempre que llega, parecía venir a rescatarnos de cualquier mal tiempo pasado y se esforzaba en hacerme guiños en forma de luces y de puestas de sol. Más tarde me iría dando cuenta de que solo era un hermoso espejismo. El polen empezaba a divertirse jugueteando por mis vías respiratorias, cosa que casi era de agradecer después del intenso olor a incienso que había dejado la Semana Santa. La suave brisa se encargaba de llevar de unos barrios a otros el sonido de los tambores, y a mí –dadas las primeras diferencias con dios– me parecía ensordecedor dentro de cada pabellón auditivo. Puede que el frío hubiese dado una pequeña tregua, más por fuera que por dentro, pero el hielo aún no se podía vestir de colores y de sabores para venderse a los niños. La primavera resultó ser entonces un jardín lleno de flores de un día, que no sabían ni aceptaban morir.

Entonces llegó julio, luego agosto y después septiembre. Tres meses que pasaron como tres días, pero que solo podrían resumirse en tres tomos de enciclopedia acerca de lo que significa un amor de verano. Fue verla en aquel embalse tirando piedras y me pareció transportarme –a la velocidad de la luz– a la mejor playa que ni los mejores arquitectos de los más importantes dioses pudieran imaginar. El cielo se convirtió en un perfecto decorado, azul eléctrico, con un flexo amarillo hirviendo que hacían de su dorada piel el sitio perfecto para recrearme. Estábamos en el paraíso, aunque quizá ella no lo supiera. Me bastaron diez segundos para querer ponerle el mismo nombre a todos los días del verano, del otoño y, ¡qué cojones!, de todo el año. No recuerdo el porqué –o sí, y no quiero contarlo– pero en un juego de interpretaciones, lleno de nerviosismo, de hormonas, de falsa inocencia y de miedo escénico, adoptamos los papeles de Adán y Eva. Lo que sí recuerdo es el cómo –aunque no se puedan dar detalles explícitos–. Solo puedo contar que primero nos comimos la manzana, y después no dejamos un solo resto el uno del otro. Después matamos a la serpiente, y creo que en ese mismo momento quisimos asesinar al mundo entero con tal de quedarnos solos en él. Los superamos. Le dinamitamos por completo el paraíso al mismísimo dios, y salimos vivos para poder contarlo y recordarlo. Entendimos más que nunca cómo se debió sentir el primer hombre que descubrió el fuego. Apuesto a que supimos mantenerlo más tiempo que él. Tres meses de incendio. Perdimos los papeles, los mapas y la cordura para no regresar a casa. Pero llegó octubre y el otoño nos secuestró, separándonos de por vida. Aún flota en una masa de aire gélido la última promesa:

Cuando el verano se mude a otra piel
y necesites pasar página,
llegaré como el otoño
a soplar todas tus hojas.




martes, 31 de mayo de 2016

Astronautas

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Sus respectivas escafandras eran dos malditos y cóncavos espejos interiores donde se reflejaban la tristeza y el miedo de sus caras. Los costosos trajes presurizados estaban diseñados a conciencia para protegerles del calor, del frío, de la radiación y de la nula presión atmosférica, pero los ingenieros aeronáuticos no habían encontrado la manera de resguardar los sentimientos en el espacio; ni siquiera cuando espacio significaba distancia entre dos cuerpos en la Tierra.

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La misión era clara, pero no por ello fácil. Se trataba de lanzar al exterior el mundo interior de dos personas, el mismo en el que coincidían. Llevar la historia de dos seres humanos más allá de la atmósfera y comprobar cómo se comportaba el espacio personal en el espacio exterior; si se multiplicaban o, por el contrario, uno acababa adsorbiendo al otro.

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El habitáculo que los iba a llevar lejos de la Tierra era tan de ciencia ficción como la historia que ambos se imaginaron el día en que se conocieron. Él recordaba cómo aquel día dio el primer paso y que, aunque no pisó la Luna ni salió por televisión, pudo notar, con los pies en el suelo, lo fácil que era burlarse de la ley gravedad: flotando. Ella pensaba en lo lejos que se sintió de su alrededor y de ella misma aquella noche de febrero en que lo vio por primera vez, y en cómo se había imaginado el resto de su vida juntos, con los ojos abiertos: soñando.

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La preparación que los había llevado a estar sentados en esa máquina había sido nula en cuanto a lo físico, al menos durante los dos últimos años, pero aún conservaban cierta forma en cuanto a lo visceral: un amor-odio tan silencioso a veces, y otras con el eco del insulto que dura meses en las paredes de la habitación. Los dos llegaban con el mismo estado emocional y con idéntico vacío en el fondo.

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La primera disputa que tuvieron como pareja había sido eligiendo el destino de sus primeras vacaciones. Él quería un lugar paradisiaco, con esas playas que nunca terminan aborreciendo las postales y con todos esos paisajes que hacen quedar bien a cualquiera en las fotos. Ella, sin embargo, siempre había soñado con ir a Egipto y comprobar con sus propios ojos las cientos de teorías que había alrededor de Keos, Kefrén y Micerino.

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Su última discusión había sido meses antes de este día, cuando tuvieron que elegir destino para la misión. Uno de los dos deseaba ir a Marte, le empalagaba que al ir a la Luna resultara que esta fuese de miel. El otro vivía en la Luna desde hacía años, así que de ir a un sitio tan lejano, qué mejor que sentirse un poco como en casa. Entonces, el jefe de la misión decidió elegir él mismo el destino de ambos pero con la condición de no comunicárselo hasta una vez iniciado el despegue.

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Si hay algo en lo que coincidían es en que esto era un viaje a ninguna parte y, sin embargo, los dos querían hacerlo. Ninguno de los dos dejaba atrás nada más que el recuerdo del otro, aun estando presentes físicamente en la misma cápsula espacial y temporal. Si hay algo que añoraban era un estado, pero nunca un lugar. Alguien les había metido en la cabeza que uno es capaz de modificar al otro, y no fue ese psicólogo argentino que se lucró a costa de ambos.

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Él acababa de llegar a la conclusión de que el tiempo era relativo. Lo que a Einstein le había costado años de estudio, él lo había descubierto en siete segundos que iban hacia atrás –como una bomba a punto de explotarle en las manos–. Solo cuando estás sintiendo que el tiempo se te escapa entre los dedos te agarras a cualquier hilo de esperanza. Y resulta que todos esos hilos dependen del segundero de un reloj. En ese casillero apuntó su error: en la medición de todo.

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Ella empezó a darle vueltas de cómo empezó a suceder todo, de cómo un día la monotonía y la rutina se apoderaron de la ilusión de dos personas que tenían como objetivo todo lo contrario. Por primera vez se culpó de la misma manera que había culpado a su compañero de misión durante años. Le valieron ocho segundos para desear salir de aquel sitio con todas sus fuerzas.

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Nueve segundos le bastaron a los dos para arrancarse los cascos y abrazarse desde la distancia que les permitían sus pesados trajes. Prefirieron continuar con un beso en vez de gritar para que abortasen la misión. No hubo ninguna comunicación con la torre de control, pero por primera vez en años la hubo entre ellos. Se dijeron tanto en aquel gesto que no les dio tiempo a prometerse nada.

0

Un fuerte estruendo sacudió el habitáculo, y las paredes temblaron a la par con ellos dos. Sonrieron con la inocencia de dos niños que acaban de darse un primer beso y, con ello, creen haberlo descubierto todo. Había sido la primera vez que se habían dejado llevar, sin pensar en cortos ni en largos plazos, sin pensar en futuros ni pasados, sin pensar. Ninguno sabía dónde iba, pero irían juntos. Se dieron la mano, se sentaron y decidieron seguir sonriendo mientras se miraban, de tal forma que no cabía pensar en ponerse los cascos. Quién necesita respirar cuando te pasas la vida entera buscando que algo te deje sin aliento.


Horas más tarde, todos los periódicos mundiales titularon la catástrofe como un suicidio guiado, premeditado. Hubo culpables por no saber gestionar la misión, por no parar a tiempo tal desenlace. Lo que no hubo, al contrario de lo que pudiera parecer, fue víctimas.


lunes, 9 de mayo de 2016

Pie izquierdo

Aplazar diez veces la alarma del despertador solo me había servido –paradójicamente– para ser puntual, una mañana más, a mi perdido juicio cotidiano.
 
Tensé la cuerda de la persiana, como si con ese gesto pudiera alcanzar una metáfora que terminase ahorcando al nuevo día; pero otra vez la paradoja se salió con la suya, y aquella acción provocó que entrase la decimoprimera luz de la mañana. Una luz triste, semiapagada, perteneciente a un cielo tan gris que parecía más un bosque después de la resaca del fuego, con sus bajos humos y su traje de ceniza.

El agua de la ducha se asemejaba por momentos a la lava de un volcán, y en otros, de repente, se precipitaba tan fría como la del vestuario del equipo visitante cuando le roba los tres puntos al equipo local. En mi caso, yo solo necesitaba uno: encontrar ese punto exacto donde la temperatura del agua me pareciese la normal. Seguramente ese fuese el reto más difícil que me iba a deparar el día.

Hacía ya tiempo que el café no cumplía su misión de estimularme y desperezarme si no iba acompañado de bastantes gotas de coñac; o que sintonizar la radio para acompañarme en una simulación de desayuno resultaba ser un absurdo ejercicio de publicidad enlatada, al ritmo de sonidos prefabricados y comerciales. Por lo que había decidido reducir mi compañía a la del tarareo de alguna vieja canción de rock que algún día fue para mí un himno de la alegría.

He encendido el ordenador para meterme en algún portal de empleo, y me he acabado perdiendo por esos caminos de un mundo absurdamente virtual, hasta que me he topado con una foto suya e inevitablemente me he sentido como en nuestra casa: en el infierno. He decidido bajar, una vez más, a la oficina del Inem con la esperanza de una res enferma crónica yendo al matadero un lunes por la mañana. Dos funcionarios se han encargado de decirme, al unísono, que “hoy tampoco”.

Me he perdido por las calles del casco antiguo y he pensado lo mismo de siempre, que esta ciudad cada vez me parece más desértica y, a su vez, más preciosa. Hay quienes necesitan irse de un sitio para valorarlo, pero no reparan en que se pierden el envejecer natural que tienen los lugares especiales. También he pensado que hay hijos de puta que llevan décadas intentando acabar con ella, pero desconocen, ignorantes, que estas murallas y estas piedras aguantaron atrás el peso de cien mil ataques.
 
La hora de comer, posiblemente sea la peor de la jornada, quizá porque hacerlo sin hambre me parezca una falta de respeto hacia los que la pasan, pero sobre todo por el pulso que un masoca como yo decide echarle cada mediodía al telediario. Le pregunto al presentador, como si de verdad pudiese escucharme, que dónde se han dejado las buenas nuevas, qué cuánto está de lejos la paz o dónde la tienen guardada. El odio hacia los de mi especie crece a medida que avanzan los sucesos. El ejercicio de comer rápido y sin saborear –mientras sigo viendo tristes imágenes y noticias manipuladas– es una técnica que he ido desarrollando para evitar otros accidentes, por ejemplo: vomitar. Hoy he aguantado con la tele encendida hasta que he visto a toda esa gente huyendo de la guerra e intentando cruzar la frontera en busca de una nueva vida. Después he pensado que algunos hacemos un drama porque nos cierren un par de puertas. Aunque compadecerme de ellos desde mi sillón me ha hecho sentirme un poco más miserable.

Después he decidido que era la hora de, conscientemente, perder el conocimiento. Otra puta paradoja haciendo de las suyas. Así que he cogido todas las botellas de la despensa y me he dejado llevar, imaginándome en otras circunstancias, en otro lugar, en otro tiempo.

¿Sabes esos jugadores que salen al terreno de juego persignándose y evitando entrar al mismo con el pie izquierdo? Pues bien, digamos que yo me he cortado nueve de los diez dedos de las manos para hacerle una única señal a dios. Y que de los pies sigo siendo negativamente ambidiestro. Supongo que por eso me cueste tanto avanzar.

[*Suena: Línea 1 – Los Planetas]



jueves, 8 de octubre de 2015

La vuelta al mundo

Existen personas

con tanto mundo interior

que sería una pena

no caer en la tentación

de empezar a recorrerlas. 

 






martes, 18 de agosto de 2015

Balas en la recámara

Lo escondí en un cajón hace cuatro años, entre un montón de fotos, unas cuantas cartas boca abajo y una colección de poemas que nunca le entregué. Después lo sellé, como quien guarda el tacto de alguien en una caja, como quien cierra un pacto de sangre, como quien embala sus cenizas a la hora de viajar. No contento con esto, eché también la llave. Me costó, más o menos, la medida de tiempo que reza Sabina en aquella canción “19 días y 500 noches” el encontrar un lugar donde guardarla. Así que me la tragué. Pero existen llaves maestras y sellos que llegan a todas partes; no me quedaba tranquilo, y lo blindé. Lo blindé como se blinda un corazón después de que te lo hayan robado, como se blindan los gobiernos cuando saben que el Pueblo tiene la razón, como un tanque haciendo la calle.

 

Ni esconderlo, ni sellar el cajón, ni cerrarlo con llave, ni siquiera blindarlo me sirvió para deshacerme de su recuerdo. Cuatro malditos años malgastados en crear un búnker en miniatura que me alejase de un recuerdo tan grande, para bajar a la calle y coincidir con ella. Así que, inevitablemente, todo saltó por los aires, como una bomba atómica dentro de un contenedor. Del mío.

 

Subí al piso de nuevo y fui corriendo a asomarme al cajón. No hay nada más macabro que encontrarte algo intacto en mitad de un desastre. Y así me lo encontré: ligeramente abierto pero íntegro, como una pequeña broma de mal gusto que espera convertirse en una película de terror. Retiré las fotos, las cartas y los poemas, y cogí mi revólver; así se le debería llamar a mi recuerdo. Lo empuñé y saqué tres de las cuatro balas que vivían dentro. Después puse a prueba mi suerte y giré un par de veces el tambor.

 

 Al fin y al cabo, hemos venido a jugar ¿no?

 

 

Tengo una bala

grabada con tu nombre

en la recámara

y cada vez

más putas ganas

de atravesarme la sien.

 

 

 

…Click.

 




 *Colaboración para De Krakens y Sirenas:
https://dekrakensysirenas.wordpress.com/2015/07/30/balas-en-la-recamara/